Especial San Valentín: Aquellos escritores que también amaron (2ª parte)

14/02/2017
«Hacedlo todo con amor».

Corintios 16:14


     Hoy se alzarán muchas voces contra este día. Alegarán que es una festividad consumista, que todos los días hay que demostrar el amor que sentimos por nuestra pareja, etcétera, etcétera. Sin embargo, no sé si esos cínicos no se dan cuenta de que nuestra sociedad tiene la manía de dedicar un día a cada cosa que existe: la radio, las bicicletas, la amistad, que las mujeres trabajen, la salud mental, las enfermedades raras, el orgullo friki, el Medio Ambiente… Y nadie se queja por eso. ¿Por qué hacerlo por el hecho de que haya un día en el que se celebre que las personas amen? Mi consejo es que no vivamos amargados por todo; seamos felices de ver rosas rojas hoy, corazones, dulces de chocolate y sonrisas llenas de esperanza, e ilusionémonos con que esas sonrisas sigan cada día. La vida ya hará de las suyas, para bien o para mal, como pudieron comprobar las personas de las que voy a hablar, esos escritores que dieron rienda suelta al sentimiento más hermoso que existe, el que es fuerza y debilidad al mismo tiempo.
 
MIGUEL HERNÁNDEZ Y JOSEFINA MANRESA




    Miguel Hernández fue poeta, un poeta que, como muchos otros, tuvo la desgracia de que el azar le situase en la España franquista y morir cuando no debía. Vivió treinta y un años hasta que su estancia en distintas cárceles le hizo enfermar, primero de bronquitis, luego de tifus y, finalmente, de tuberculosis. Murió por la guerra, por el odio, pero vivió con amor.

    Antes de conocerse, tanto Josefina y Miguel habían experimentado muy bien los sinsabores de la vida. Desde niños, ambos trabajaban; él, como pastor de cabras; ella, como costurera primero y en una fábrica de seda después. Aunque ambos pudieron estudiar, Miguel no abandonó el pastoreo y, mientras tanto, leía poesía y se convirtió en autodidacta. Con veinte años obtuvo su primer y único premio literario.

    Los primeros poemas de Miguel llegaron hasta Josefina, que vio ejemplares de su obra a principios de 1933 y oyó hablar de él. Sin embargo, no se conocieron en persona hasta mediados de ese mismo año en la feria de Orihuela. Desde entonces, él la esperaba cada día a la salida del taller de costura para acompañarla. La muchacha ya le inspiró algunos de sus poemas de amor. Vivieron más de tres años de noviazgo, durante los cuales asesinaron al padre de ella por ser guardia civil. Sufrieron algunos altibajos en su relación, pero en 1937, en plena guerra, los jóvenes contrajeron matrimonio. Él tenía veintiséis años y ella, veintiuno. Miguel, que se había alistado en el bando republicano un año antes, tuvo que escapar durante un breve tiempo para casarse con ella por lo civil.

    A finales de 1937 nació su primer hijo, que murió pocos meses después. A principios de 1939, la pareja tuvo el segundo, pero ese mismo año, Miguel entró en prisión. Fueron muchas las cartas que se intercambiaron. Dicen las malas lenguas que él había amado a otras mujeres, como la artista Maruja Mallo y la poetisa María Cegarra, tras una ruptura con Josefina durante su noviazgo, pero lo cierto es que rompió con ellas, volvió con su primer amor y, desde la cárcel, le escribía casi cada día. Frente a la pasional Maruja se alzó la casta Josefina. Él se dirigía a ella como «mi querida nena», «mi querida esposa», «mi querida Josefinilla». Ella seguía siendo su musa, la principal destinataria de sus poemas de amor, aunque tenía que vivir sola con su hijo, una precaria situación económica y las cartas de él. Una vez, el poeta incluso tuvo que escribirle en un trozo de papel higiénico por no tener nada más.

     Miguel agonizaba, pero pocos días antes de morir en 1942 pudieron casarse por segunda vez, ahora mediante el rito católico. Según contó ella misma, esa boda fue muy dura, ya que él ni siquiera podía moverse de la cama.

    Josefina protegió el legado literario de su marido durante los años más difíciles del franquismo y, con la llegada de la democracia, dedicó su vida a la difusión de la obra de Miguel. Siguió trabajando y lidiando con problemas de glaucoma, hasta que en 1987 un cáncer de mama pudo con ella. Tenía setenta y un años. Hoy descansa junto a Miguel y uno de sus hijos en el cementerio municipal de Alicante.


    «Te confieso que he tenido una experiencia muy grande aquí y que me encuentro muy solo. He sabido que mujeres como tú hay pocas y he apreciado más tu valor de esta manera... Te quiero y te querré siempre, porque he nacido para quererte a ti sola. Encuentro y trato a muchas mujeres. Estoy a diario con mujeres que me hablan y a las que hablo de muchas cosas, y ninguna encuentro como tú, y mi corazón sólo te quiere a ti entre todas».


ROSALÍA DE CASTRO Y MANUEL MURGUÍA




    Rosalía de Castro es una de las conocidas más desconocidas de la literatura española. Siempre se estudia casi de pasada y no nos detenemos a ver qué difícil tuvo que ser la vida para ella. No sólo fue una mujer escritora en pleno siglo XIX, sino que se atrevía a escribir en gallego cuando el español era la lengua de cultura. Desde su mismo nacimiento, todo fue complicado para ella: se dice que fue fruto de las relaciones secretas de María Teresa de la Cruz de Castro y Abadía con un sacerdote, por lo que en su partida de nacimiento puede leerse que era «hija de padres incógnitos». Sin embargo, su padre no se desentendió de ella y la dejó a cargo de sus dos hermanas, aunque, por su condición de eclesiástico, no pudo reconocer la paternidad. La familia de María Teresa, en cambio, impidió que se relacionara con su hija hasta que pasara el escándalo, por lo que la escritora no vivió con su madre hasta los quince o dieciséis años.

     No se sabe si Rosalía llegó a cursar estudios, pero eso no frenó sus ansias de expresarse a través de la escritura, pese a sus faltas de ortografía. En 1857, cuando tenía veinte años, publicó su primer libro de versos, que fue el que hizo que Manuel Murguía entrara en su vida. Era él colaborador en periódicos y revistas. Tras conocer ese poemario, escribió una crítica alabándola en La Iberia. Si él había llegado a conocerla antes de elogiarla públicamente, se desconoce, aunque algunos biógrafos opinan que sí, ya que en esos versos se nota aún la inexperiencia de la joven y las palabras de él podrían parecer excesivas. No obstante, en ese artículo, Manuel confesó percibir un gran talento y animó a la muchacha a seguir escribiendo. Tal vez fue el empujón que ella necesitaba; de lo que no cabe duda es de que él fue un enorme apoyo intelectual y social para ella, ya que la introdujo en el circuito literario de la época y se convirtió en su primer descubridor.

    Manuel confesó haber conocido a Rosalía ese mismo año, 1857, aunque hay testimonios que lo ponen en duda. El caso es que a raíz de la crítica de él y gracias a un amigo común, la pareja se fue acercando y en 1858 contrajo matrimonio. Él siempre creyó en la gran capacidad de ella y llegó a ser uno de sus principales biógrafos, aunque una agitada vida política los mantuvo separados durante largos intervalos de tiempo. Ella misma se lo llegó a recriminar alguna vez:

    «Tú ya sabes que cuando estoy enferma me pongo de un humor del diablo, todo lo veo negro, y añadiendo a esto, que no te veo, y nuestras circunstancias malditas cien veces, con una bilis como la mía, no hay remedio sino redactar una carta como ésta, precisamente cuando va dirigida a la persona que más se quiere en el mundo y a la única a quien se le pueden decir estas cosas».

    Tuvieron siete hijos, pero dos murieron demasiado pronto. Rosalía jamás se recuperó y vivió sumida en un tremendo pesimismo y continuas depresiones. Manuel escribió esto de ella:
 
    «Y es que en ella todo era extremo, vivo, intenso, y su corazón enfermo saltaba dentro del pecho con una violencia y un ruido que hacía estremecer».

     Para 1863, la autora ya había compuesto los Cantares gallegos, pero fue Manuel quien, con total desconocimiento por parte de su esposa, decidió entregarlos a la imprenta. El libro fue un gran éxito.

    La salud de la escritora gallega siempre fue frágil. Padeció un cáncer de cuello de útero que fue empeorando progresivamente desde 1883. Antes de morir en 1885, pasó tres días de inmensa agonía. Deliraba cuando pronunció sus últimas palabras, dirigidas a su hija Alejandra: «abre esa ventana, que quiero ver el mar». Sin embargo, desde donde se encontraba era imposible ver el mar, mar que siempre había sido para ella una tentación de suicidio. Murió con cuarenta y ocho años.

    Manuel continuó viviendo hasta 1923. Poco antes de morir destruyó las cartas que conservaba de su mujer. Dejó una nota en la que explicaba su decisión:
 
    «Verdaderamente la vejez es un misterio, una cosa sin nombre, cuando he podido leer aquellas cartas que me hablaban de mis días pasados, sin que mi corazón ni mis ojos sangraran, ¿para qué?, parece que me decían. Si hemos de vernos pronto, ya hablaremos en el más allá. Preparémonos a dormir nuestro eterno sueño, nuestro sueño de paz».
 


ARTHUR CONAN DOYLE Y JEAN LECKIE




    Esta fue una relación realmente curiosa, especialmente por el carácter de ella, de quien se dice que se comportó como una auténtica madrastra de cuento.

    Arthur tuvo un primer matrimonio con Louise Hawkins, con la que engendró dos hijos. La boda se celebró en 1885 y en 1893 a Louise le diagnosticaron tuberculosis. Pese a ser un marido atento, aparentemente preocupado por su salud, desde 1897 Arthur amaba a otra mujer, Jean, quien se convirtió en el gran amor de su vida. Lo suyo fue un flechazo, amor a primera vista.

     El escritor siempre insistió en que en vida de Louise la relación con Jean fue puramente platónica, pero lo cierto es que el romance existía y lo que Arthur y ella hicieron en la intimidad quedó entre ellos, o al menos así debería haber sido, porque Louise sospechó. Incluso avisó a su hija mayor que no debía sorprenderse si él se casaba de nuevo.

     Louise vivió hasta 1906. Arthur y Jean tuvieron el decoro de esperar un año para contraer matrimonio, después de diez años amándose en secreto. Él tenía cuarenta y siete años y ella, treinta y uno. Tanto la quiso él que, para complacerla, mantuvo lejos a los dos hijos que tuvo con Louise.

    Juntos fueron felices y tuvieron tres hijos. Cuando Arthur se convirtió en uno de los principales defensores de la causa espiritista, Jean pareció desarrollar unos extraños poderes de médium. Afirmaba que recibía mensajes de los difuntos de las dos familias, aunque nunca recibió ninguno de la pobre Louise. 

    Juntos organizaron sesiones de espiritismo, una de las cuales suscitó un tremendo disgusto a su entonces amigo Houdini, ya que Jean, supuestamente poseída por el espíritu de la madre del mago, escribió una carta dirigida a este. El problema es que estaba en inglés, lengua que la mujer nunca conoció. Arthur y su esposa alegaron que los muertos se hacen más cultos con el tiempo y que, por tanto, la madre de Houdini debió de aprender la lengua anglosajona en el cielo.

      Así vivieron hasta la muerte de Arthur en 1930. La mayor parte del patrimonio del autor fue para Jean y sus tres hijos. Ella le sobrevivió diez años. En sus memorias, él había escrito estas palabras referidas a Jean:

    «El 18 de septiembre de 1907 me casé con la señorita Jean Leckie, la hija más joven de una familia de Blackheath a la que conocía desde hacía años, y que era una querida amiga de mi madre y hermana. Hay algunas cosas que uno siente demasiado íntimamente para poder expresar, y sólo puedo decir que los años han pasado sin que una sombra llegue a estropear por un momento el sol de mi verano indio que ahora se profundiza hasta un otoño dorado».

 
ANTONIO BUERO VALLEJO Y VICTORIA RODRÍGUEZ



    Él era dramaturgo y ella, una dama del teatro. Todo estaba predestinado para que se conociesen. Cuando apenas contaba con veintidós años, Victoria recibió un telegrama en el que le ofrecían un papel en una obra de Buero en el Teatro Nacional María Guerrero. Nunca se habían visto, pero para entonces, Antonio, con treinta y ocho años, ya era un autor consagrado. Victoria no dudó y dijo sí a su participación en el drama, cuyo título era Hoy es fiesta. Corría el año 1956. 

    Se conocieron en los ensayos. Él acudía todos los días y después se iban a tomar algo al Café Gijón, primero en grupo y más adelante, solos. Victoria creía que Antonio iba a los ensayos por otra chica, una salvadoreña de quien ella misma dijo que era bellísima, pero era Victoria quien se estaba ganando su corazón. 

    Ella le hablaba de usted y él, por educación, le pagaba alguna que otra consumición, igual que a otras actrices, pero sólo a ella le hizo llegar el día del estreno una bonita caja de tela llena de terrones de azúcar. Antonio tenía miedo de formar una familia que viviera sólo del teatro, pero finalmente sus sentimientos por ella fueron más fuertes y se le declaró. Ella aceptó y se casaron en 1959. 

    Su viaje de novios por Andalucía duró un mes y su vida de casados transcurrió con una rutina deliciosa para ellos. Ella representó algunas obras de él. Vivían el día a día. A él le gustaba estar en pijama y escribir en la mesa del salón, aunque tuviera a sus dos hijos correteando por allí. Nunca quiso preocuparla hablándole de su sufrimiento anterior en la cárcel a causa del franquismo, aunque no olvidó a los que allí había conocido, como Miguel Hernández. Pese a todo, Antonio siempre fue un hombre optimista. 

     Victoria siempre lo acompañó en ese mundo al que ambos pertenecían, el del teatro, pero en el que él tenía la mayor fama. Llegaron a vivir malos momentos por culpa de la dictadura franquista, hasta el punto de tener que marcharse meses a Estados Unidos para poder seguir viviendo. En las dificultades permanecieron unidos. 

    En 1986, su segundo hijo, Enrique, murió en un accidente. Años más tarde Victoria confesó que uno se acostumbra a vivir con ello, pero jamás se supera; ni ella ni Antonio lo hicieron, pero tenían que seguir viviendo. Lo hicieron juntos y con tanto amor como siempre se habían tenido. 


    Antonio murió en el año 2000 con ochenta y tres años a causa de una parada cardiorrespiratoria. Se despidieron en el mismo lugar en que se habían conocido, el Teatro María Guerrero, donde él tuvo su capilla ardiente. Victoria, que nació en 1931, continúa viva. En una entrevista de 2016 declaró esto: 

    «Aún le amo demasiado. Antonio fue todo en mi vida. Hace ya dieciséis años que murió y aún está presente en todos los rincones. Entre los libros, los cuadros o en los dibujos que lucen orgullosos en las paredes. En cualquier parte».

 
LOUISA MAY ALCOTT Y HENRY DAVID THOREAU



    Este fue un amor no correspondido que empezó a una edad muy temprana y duró algunos años. Louisa tenía sólo ocho años cuando su familia se trasladó a Concord, en Massachusetts. Fue allí donde la célebre autora compuso su primer poema, inspirado en un humilde petirrojo, pero también donde conoció a Henry, que era quince años mayor que ella. A Louisa le encantaba pasear cerca de la casa de la familia Thoreau, situada en lo más recóndito del pequeño valle en el que vivían. 

    Con la llegada de Nathaniel Hawthorne se formó un grupo inseparable de amigos e intelectuales: el propio Hawthorne, Louisa, Henry y Ralph Waldo Emerson. Los tres mayores permitían a la joven acceder a sus bibliotecas. Ella cada día disfrutaba más de sus conversaciones con Henry. 

    La familia Alcott vivió algunos apuros y tuvo que mudarse durante un año. A su vuelta, Louisa recuperó su alegría anterior y retomó el contacto con sus antiguos amigos. En 1846, la autora tenía catorce años. Fue cuando cayó enamorada de Henry, a quien siempre había admirado. Él, en cambio, ni se había dado cuenta de lo que le pasaba a ella por la cabeza, aunque Louisa era feliz estando a su lado, escribiendo sus primeros cuentos y leyendo a sus autores preferidos. 

    Pasaron los meses y Louisa empezó a publicar. Henry vivía solo en una casa que se había construido a orillas de un lago. Seguía sin dar muestras de tener ningún sentimiento especial por Louisa, más allá de una amistad. Ella empezó a perder las esperanzas y a pensar que no volvería a enamorarse nunca. 

    Un día, la muchacha fue con su familia a visitarlo a su cabaña. Fue el día en que más cerca estuvo de declarársele. Caminando los dos solos, él le tomó la mano. Luego dieron un paseo en barca durante el cual él tocó algunas melodías con su flauta. Desembarcaron en un prado lleno de flores y estuvieron recogiendo algunas. Cuando estaba llegando el ocaso, tras una caminata por el bosque, regresaron con el resto del grupo. Louisa no sólo no le había dicho nada, sino que se dio cuenta de que nunca sería para él nada más que una amiga. 

    Los Alcott tuvieron que volver a mudarse y la carrera de Louisa fue despegando. En 1862 ella supo que él estaba enfermo. Llevaba ya años padeciendo una tuberculosis. Quizá su pasión ya no era la misma, pero seguía sintiendo un enorme afecto por él. Era el primer hombre del que había estado enamorada. Louisa sabía que verle en ese estado le provocaría un enorme dolor, pero quería visitarlo. 

    Henry ya no podía levantarse de la cama. Cuando alguien iba a verlo, se hacía llevar hasta la puerta de su casa para que le sentaran allí y evitarle al visitante un mal trago al verlo postrado en el lecho. Así debió de verle ella por última vez. Su gran amigo y mentor murió con cuarenta y cuatro años, el 6 de mayo de 1862. 

    Años después, Louisa conoció a un joven, su Laddie, que le recordaba mucho a Henry, pero esa es otra historia. 


Si tenéis un ratito, contadme si conocíais estos romances. ¿Os ha llamado la atención alguno? 

La dama de blanco

12/02/2017
 

     Wilkie Collins empezó a escribir esta novela en 1859 y fue publicándola por entregas durante ese año y el siguiente en la revista All the Year Round. Se editó en forma de libro por primera vez en 1860. 

     En España está publicada hoy por hoy por Penguin Clásicos en una edición en tapa blanda con 880 paginas. Su precio es de 12'95 euros. Con el título de La mujer de blanco lo han publicado Alianza Editorial (14'50 euros, 832 páginas) y Verticales de Bolsillo (10 euros, 768 páginas), ambas también en tapa blanda.

     La historia se ha llevado en varias ocasiones a la pequeña y gran pantalla: existen dos versiones mudas, de 1917 y 1929 respectivamente, una producción británica de 1940 que lleva por título Crimes at the Dark House, una película titulada La mujer de blanco de 1948, otra de 1997 y una miniserie de la BBC del año 1982.

¿De qué va?: 

    Walter Hartright se traslada a Limmeridge para dar clases de dibujo a Laura, una joven y rica heredera, sobrina del barón Frederick Fairlie. Poco antes de irse, tropieza con una misteriosa dama vestida de blanco que le habla de Limmeridge y de su propietaria fallecida, la señora Fairlie. Desde el principio, Walter siente una gran atracción por Laura, quien está prometida con sir Percival Glyde, que sólo busca arrebatarle su herencia, pero se interpone en su camino la misteriosa dama de blanco.


¿Qué opino yo? (Sin destripes):

    Mi primera incursión en la obra de Wilkie Collins fue con Marido y mujer, y no me gustó. Eso hizo que tardara en animarme con otro de sus libros, a pesar de tener pendiente La dama de blanco desde hacía bastante. Ni siquiera las buenas críticas me resultaban lo suficientemente persuasivas para aparcar otras novelas y centrarme en esta de Collins. Sin embargo, después de pasarme demasiado tiempo retrasando lo inevitable, a finales de 2016 por fin me decidí a leerla, y ahora me arrepiento de no haberlo hecho antes, pero como se suele decir, nunca es tarde si la dicha es buena. 

   Mientras que en Marido y mujer el estilo me pareció alambicado y la historia con escaso interés para mí, La dama de blanco me atrapó desde el primer instante con una prosa cuidada pero precisa y un enigma que no tarda en empezar a desarrollarse y complicarse.

   El inicio de la novela ya es un acierto pleno; la misteriosa aparición de una extraña mujer vestida de blanco su encuentro con uno de los protagonistas me dejó con tantas preguntas y curiosidad como a él. Ella es la primera baza del escritor para atrapar al lector, sobre todo porque cada vez que se hace mención a ella o vuelve a estar presente en la acción, el desasosiego se apodera tanto del resto de personajes como de nosotros mismos y se logra que la intriga sea permanente hasta el final. Es uno de los cebos mejor usados que he encontrado nunca en un libro. 

    No obstante, tengo que criticar a Collins por el frío trato que le dispensa a un personaje que tanto le ha aportado, ya que para todos los que desfilan por la obra, esta rara muchacha es simplemente un medio para obtener o descubrir algo, incluso para los protagonistas. De estos tengo muchas cosas que decir, y bastante desiguales, por cierto. Mientras me quito el sombrero ante nombres como los de Marian Halcombe y el conde Fosco, me pregunto en qué estaba pensando Collins cuando creó a Laura Fairlie, otra insulsa más que se incorpora a la amplia lista de seres soporíferos y planos que pueblan la literatura. Es una de esas damitas que se desmayan, lloran con frecuencia y parecen resignadas a sufrir un destino cruel, aunque muchos de los que las rodean las adoran porque sí. 


     Con todo, Laura y la mujer de blanco son el motor que hace actuar a los demás, si bien hay que tener en cuenta la gran diferencia entre ellas, ya que la segunda hace que sucedan las cosas, mientras que la primera es un pasmarote que mira cómo pasan. A su lado, Marian, valerosa, inteligente y decidida, brilla muchísimo más. Sola y sin medios y apoyos apropiados afronta los grandes peligros que una inteligencia retorcida y elevada va tejiendo en torno a ella y su hermana. Me resulta muy curioso que no tenga pelos en la lengua a la hora de expresar la baja estima que siente por las de su sexo, pero, para ser justos, también les toca a los hombres su ración de crítica. 

    La narración de Marian es una de las partes que mejor nos dejan apreciar la atmósfera catastrofista y el modo en que ella y Laura se van viendo acorraladas. Junto con la de Walter es mi favorita, y es que el libro se estructura a través del relato de distintos narradores, algunos de los cuales son protagonistas directos y otros, meros observadores. De este modo, el estilo se va amoldando a los rasgos del personaje que narra, aunque nunca se pierde de vista que es la mano experta de Collins la que está detrás, es decir, que cada palabra está colocada donde y como tiene que estar. 

    Al principio me fastidió un poco ese cambio de narrador, sobre todo porque el tito Fairlie se me hacía insoportable y no llevé bien su parte, pero todo tiene su explicación: vamos comprobando que gracias a esos cambios, todo acaba encajando a la perfección. Cada uno de esos personajes tiene algo que aportar, incluso el más insignificante. 

    Walter Hartright es uno de esos protagonistas que van ganando puntos conforme avanza la historia, cuando deja de ser un alma en pena y empieza a mover fichas. Sin embargo, la evolución de sus sentimientos, que oscilan entre el amor pasional y el fraternal según el estado mental de su amada, no me ha convencido en absoluto, como tampoco lo ha hecho la historia de amor en sí. Esta es la parte más débil del argumento. Incluso, casi al final, hay un fallo muy importante de tipo legal relacionado con esa relación. Quizá esté equivocada, pero se ve de forma tan obvia que no creo que sea algo que sólo haya captado yo. Más bien parece un despiste del autor, aunque sea raro. 

    
     Afortunadamente, el resto de la trama compensa con creces estos flecos más flojos y, por si esto fuera poco, en las páginas de La dama de blanco vive uno de los mejores malos de la literatura, el fascinante y ambiguo conde Fosco. No quiero hablar demasiado de él, porque es alguien que un lector debe conocer y descifrar por sí mismo, así que me limitaré a los aspectos más superficiales. 

    Antes de empezar la lectura de la novela, había escuchado tantas cosas de él que estaba deseando conocerlo. Tengo la mala costumbre de imaginarme a los malos con un físico impresionante, atractivos e imponentes, y eso aumentó mi sorpresa cuando por fin vi cómo era. Absolutamente nada de lo que me había figurado sobre él se cumplió. Realmente, él y Marian son los que confieren más calidad a este título, los que más merecen ser recordados una vez terminada la última página. 

    Como habéis podido suponer, no niego que cambiaría algunas cosas, especialmente el final de uno de los personajes, pero estamos ante una novela que mantiene el suspense hasta el desenlace y se ha ganado por derecho propio su lugar entre los grandes clásicos de la literatura. 


Puntuación: 4 (sobre 5)

Lorna Doone (miniserie)

15/01/2017

            
              Estreno: 2000                                                               Género: Drama de época
              Cadena: BBC                                                                  Episodios: 3
              Duración por episodio: 50' aprox.                              País: Reino Unido


¿De qué va?:

    Cuando todavía es un niño, John Ridd presencia la muerte de su padre a manos de los Doone, una familia de poderosos que siembra el caos en la región en tiempos de Carlos II de Inglaterra sin que nadie pueda actuar contra ellos. Sin embargo, el encuentro casual de John con una niña llamada Lorna es el punto crucial para cambiar la partida, especialmente cuando ambos crecen y viven un romance prohibido.


¿Qué opino yo? (Sin destripes):

    Esta no es la mejor producción de la BBC, la más original o la que más presupuesto ha tenido, pero a veces el encanto radica en la sencillez, y eso es lo que sucede con esta miniserie. La leyenda de Lorna Doone no es para cualquiera; no está hecha para aquellos escépticos que creen que el amor tiene fecha de caducidad ni para las personas que tienen un concepto mundano y desangelado del mismo. Los tres capítulos giran en torno a un romance casi de ensueño; de esos que todo lo pueden, por más obstáculos que tenga que vencer. Ni siquiera hacen falta personajes profundos para que el amor sí lo sea. En ese aspecto me recuerda un poco a La princesa prometida. No se requieren largas conversaciones ni múltiples encuentros para que los personajes caigan víctimas de Cupido. Los dos protagonistas se ven una vez de niños y, al reencontrarse de adultos, se reconocen, se recuerdan y se enamoran.

    Por supuesto, no hay cuento sin villano, y el de aquí no lo va a poner nada fácil, porque su relación con la protagonista es demasiado estrecha.

    Por más que nos gustase, nada es nunca idílico, y el trasfondo histórico muestra una rudeza y una crueldad que se entremezclan con el romance. Las injusticias sociales, la corrupción de los poderosos, el abuso de fuerza y el desamparo de los más débiles quedan expuestos.

    La rebelión del duque de Monmouth y el enfrentamiento entre católicos y protestantes forman, igualmente, parte de la historia.

    Da rabia observar el comportamiento de los Doone y de aquellos que los protegen, sobre todo porque, por más tiempo que pase y más nos parezca que han cambiado las cosas, siempre habrá gente así. Empezamos el primer episodio compartiendo el dolor y la impotencia de John y su familia y, por mi parte, no he dejado de sentir admiración por la resolución que toman ante lo que los Doone les han hecho. Siempre he pensado que lo peor que pueden hacer los malos es lograr que nos volvamos como ellos, y por eso me ha gustado mucho cómo empieza y termina esta miniserie


    Asimismo, me ha encantado el personaje de John, mucho más complejo, a mi parecer, que el de Lorna, que resulta bastante plano. John posee una integridad, una honradez y una bondad que se oponen a todas las características de los Doone, y aunque podamos caer en el pensamiento de que los buenos son muy buenos y los malos, muy malos, hay matices que demuestran que no es exactamente así, al menos no con todos los personajes. Como ejemplo, tenemos las dudas de John en más de una ocasión, vemos que su impulso primario es la venganza, que en algún momento pierde la confianza, etcétera. En el bando de los Doone comprobamos que en medio de toda la maldad de Ensor hay espacio para el cariño. 

    
    Además de las dificultades de John y Lorna y del trasfondo del que ya he hablado, también hay espacio para las tramas protagonizadas por los secundarios, aunque carecen de la relevancia de lo anterior.

   Richard Coyle compone un perfecto John Ridd; no podría imaginarme a otro en el papel. Transmite perfectamente la dulzura de su personaje, y su sonrisa ayuda mucho. Hay personas que, simplemente, tienen una sonrisa atractiva y transmiten mucho con ella. Ya lo comenté en el caso de Daniel Lissing (When calls the heart) y he vuelto a pensar lo mismo en esta ocasión con Richard.

    Sin embargo, no puedo decir cosas buenas de su pareja en la ficción, Amelia Warner, pues tanto su interpretación como el personaje en sí de Lorna me ha resultado algo insípidos. No sé cómo esa chica levanta tantas pasiones, pero al menos no tiene mal corazón. Si acepto a personajes femeninos como Buttercup y Arwen, puedo aceptar a esta.

   Hay algunos secundarios que hoy por hoy son muy conocidos, como Barbara Flynn (Cranford, Esposas e hijas), Peter Vaughan (Juego de Tronos, Lark rise to Candleford) y Joanne Frogatt (Downton Abbey). También sorprende un imberbe y casi adolescente James McAvoy, aunque su aparición es anecdótica.

    Algunas escenas, como las de las batallas, no están a la altura de lo que la BBC nos tiene acostumbrados, pero son pasables. No obstante, compensan un vestuario más que aceptable y los bonitos paisajes. Exmoor es el lugar en el que se desarrolla la acción y la miniserie nos deleita con algunas escenas de montes, ríos y cascadas. La banda sonora resulta agradable y acompaña bien los distintos momentos.

    Yo vi los tres episodios seguidos y no se me hicieron pesados, aunque no todas las partes transcurren con la misma fluidez. Quizá el más flojo es el primero, ya que se centra más en cómo se forja el romance, mientras que los otros dos tienen más acción y mayor tensión dramática.

    No hay que esperar una producción espectacular. Si buscáis eso, os decepcionaréis. Es, sencillamente, una historia entretenida, de justos e injustos, y para seguir creyendo que existe el amor incondicional e imperecedero.

Puntuación: 3 (sobre 5)

Santa Clara

25/12/2016

    Santa Clara es una saga compuesta por seis novelas publicadas entre 1941 y 1945. En España hemos tenido distintas ediciones. La más reciente es la de la editorial Molino, que, a partir de 2014, publicó cada volumen por un precio de 12 euros. Oscilan en torno a las 250 páginas. Sin embargo, poco antes, en 2009, RBA publicó un único tomo que contenía los seis títulos. Su precio original era de 23'50, aunque posteriormente se saldó por 5'95. Este volumen consta de 656 páginas con un tamaño de letra mucho más pequeño que el empleado en las ediciones de Molino.
    Los seis títulos aparecen ordenados en imágenes que he incluido más abajo.
   La saga tuvo una serie de animación japonesa  (Mischievous Twins: The Tales of St. Clare's) en 1991 y tres películas alemanas (Hanni & Nanni) entre 2010 y 2013.


 ¿De qué va?:

    A sus catorce años, las mellizas Pat e Isabel O'Sullivan dan muestras de una vanidad y un engreimiento que sus padres consideran intolerables. Para corregir su actitud, deciden cambiarlas de colegio y enviarlas a un internado, Santa Clara, conocido por su buen hacer educativo. Las dos muchachas acceden de mala gana, pero con la intención oculta de portarse lo peor posible. Sin embargo, una vez allí, las cosas no salen como esperaban.



¿Qué opino yo? (Sin destripes):

    A pesar de la fama de Enid Blyton, yo nunca había leído nada de ella hasta ahora, y ha sido porque la casualidad la ha puesto en mi camino. Un día, de compras en un centro comercial, hice mi visita obligada a la zona de la librería y allí, entre las ofertas, vi un único ejemplar de Santa Clara por 5’95 euros. El tomo en cuestión contiene los seis libros que componen la saga. Allí mismo busqué un poco de información y descubrí que esa edición se vendía antes por más de 20 euros y que ahora se venden por separado cada uno de los títulos. Ante esa situación no hay que pensar mucho; me lo llevé para descubrir a una escritora que ya se ha abierto hueco en mi corazón, porque ahí es donde se quedan las historias de las jóvenes alumnas del Santa Clara.

     Como se ha podido ver, Santa Clara es un colegio, pero cabe aclarar que, a pesar de su nombre, lo que se narra no tiene nada que ver con la religión.

     Los seis libros de la colección son similares en cuanto a estructura, estilo e historietas, por lo que he decidido hacer una sola reseña para todos ellos, respetando así el espíritu común.

     Solemos atribuir a la palabra “internado” connotaciones negativas, y la mayoría de las veces, con razón, pero esa sensación se evapora con estas novelas, en las que las jóvenes traban amistades férreas, gastan bromas, organizan fiestas de medianoche a escondidas… al mismo tiempo que desarrollan un sentido del honor imprescindible para la buena convivencia social y adquieren un aprendizaje completo y sólido. 


    «Son los caracteres firmes los que deberían poder cambiar de parecer de vez en cuando. Yo le llamo ser débil a aferrarse a algo que uno sabe que es una tontería».


     Aunque las muchachas del Santa Clara tienen inquietudes y aficiones más sanas que las que los tiempos modernos pretenden inculcar a los jóvenes de hoy, estos podrán verse reflejados en muchos aspectos de aquellas, por lo que estos textos resultan muy cercanos. Por supuesto, también para los adultos que han pasado por esas etapas pueden ser muy amenos. Incluso en el caso de jóvenes y mayores que no hayan experimentado exactamente lo mismo, es divertido imaginarlo.

     Os aseguro que he acabado de leer la obra con ganas de probar la cerveza de jengibre que tanto éxito tiene entre las protagonistas. Y, desde luego, no me habría importado demasiado estar en un internado británico, siempre y cuando fuera igual que el que se describe, y emocionarme organizando con mis compañeras comilonas a medianoche a espaldas de las profesoras, a pesar de que hoy por hoy pertenezco a este último grupo. Creo que, con el entusiasmo que ponen algunas de estas chicas en los deportes, hasta me habría animado a participar en sus juegos, algo a lo que, la verdad sea dicha, nunca he sido muy dada. Algunos de sus partidos me recordaron al de quidditch que tiene lugar en Harry Potter y la piedra filosofal.

     Santa Clara es un libro exclusivamente femenino; todas sus protagonistas son niñas o mujeres. Aparte de la aparición puntual de algún que otro padre, sólo en uno de los seis títulos hace acto de presencia un chico joven, y su participación en la trama es bastante irrelevante.

Las alumnas se acercan más a la adolescencia que a la infancia, pero sus preocupaciones no giran en torno a asuntos del corazón; las cuitas amorosas están ausentes por completo. Estas muchachas van adquiriendo autosuficiencia y determinación conforme avanzan los cursos y van creciendo.                                                                                                                                                            

    «El tener mucho dinero no significa que se disfrute más. La gente que dispone de poco le saca, a veces, más provecho».


     La trama se centra en su día a día en el colegio, en las dificultades a la hora de estudiar, los conflictos que surgen entre algunas, su manera de romper la rutina y las enseñanzas que las van a ayudar a convertirse en mujeres que puedan sentirse orgullosas de sí mismas.

     Pat e Isabel son las mellizas con las que empieza todo, pero a lo largo de los seis libros, otras chicas serán tan importantes como ellas o incluso más.

     Cuando empecé el segundo libro y vi que seguía una línea similar al primero, creí que a partir de entonces todo se me iba a hacer muy repetitivo. Sin embargo, al seguir avanzando me di cuenta de que no era así. Siempre hay matices diferentes y, al final, estaba tan ansiosa como los propios personajes por conocer a las alumnas nuevas de cada curso y lo que darían de sí.

     Algunas se acaban ganando más el cariño que otras y, como no podría ser de otra manera, en todos los cursos hay algunas conflictivas. Me dio la impresión de que algunas de estas se parecen demasiado entre sí, pero eso también suele pasar en la vida real, sobre todo si los sentimientos preponderantes son la envidia y los celos. 


    «Nadie puede ver las cosas con claridad cuando los celos o la envidia cubren de niebla la mente».


     También las profesoras dan lugar a momentos inolvidables, sobre todo Mademoiselle, a quien las niñas cogen siempre como blanco de sus bromas. Algunas de estas son muy pesadas y, en ocasiones, me he llegado a enfadar bastante al ponerme en la piel de la pobre profesora de francés, pero, en el fondo, estas bromistas no tienen mal corazón. El lado más entrañable y simpático de Mademoiselle, única profesora presente en todos los cursos, se acentúa cuando llegan al colegio sus traviesas sobrinas Claudina y Antoinette.

     Otra de mis favoritas es la señorita Theobald, la directora, siempre con la palabra exacta en el momento justo, aunque en más de una ocasión se lleva algún que otro disgusto. 
         
                


    Estos escritos de Enid Blyton no tienen ninguna complejidad en cuanto al estilo. Blyton utiliza un léxico y una sintaxis simples, cotidianos, muy al alcance de cualquiera. Nadie tendría los problemas de comprensión lectora que pueden suscitar algunos clásicos infantiles o juveniles de antaño en lectores poco experimentados. No obstante, he visto algo que me ha molestado. Las nuevas ediciones de los libros de esta autora vienen con una “nueva traducción para adaptar el lenguaje y las expresiones a día de hoy”.

Bien, “a día de hoy” es un galicismo; mal empezamos. La RAE recomienda “hoy”, “hoy por hoy” y “hoy en día”. Dejemos eso de lado y vayamos al fondo del asunto: no sé con exactitud en qué consiste esa actualización; no considero tan grave, por ejemplo, usar “sándwich” en lugar de “emparedado”, pero sí es grave modificar el texto del autor, como, según he leído, es el caso de Los cinco. Por lo que he visto, se han eliminado expresiones sexistas y racistas, y creo que eso es manipular de forma equivocada la mente infantil. A veces tratamos a los niños como si fueran tontos, y no debe ser así. Si eliminamos de sus lecturas aquello que está mal, les daremos una información sesgada, manipulada y enfocada siempre en la misma dirección, con lo que estaremos dificultando el desarrollo de su capacidad crítica y despojándolos de herramientas para enfrentarse a esa parte negativa de la sociedad, además de no darles la oportunidad de conocer la evolución histórica de las sociedades, de aquello que nos ha llevado hasta aquí. El racismo y el sexismo existen y pienso que, en lugar de eliminarlos de los libros y recluir a nuestro hijo en una burbuja de falsa protección, debemos explicárselo y ofrecerle instrumentos para que no caiga en esas actitudes. Por eso, recomiendo revisar bien en qué consisten los cambios de las nuevas ediciones antes de hacerse con ellas.

     De hecho, con esas modificaciones que no respetan el texto de la autora y que, al parecer, también se han hecho en inglés, yo no las querría ni para mí.

     En resumen, Santa Clara es una obra formada por seis libros divertidos, con valores positivos, unas protagonistas traviesas y entrañables, y son aptos para cualquier edad.

Puntuación: 4 (sobre 5)

Mr. Selfridge (temporada 4)

18/12/2016


              Estreno: 2016                                                                   Género: Drama de época
              Cadena: ITV                                                                      Episodios: 10
              Duración por episodio: 45' aprox.                                  País: Reino Unido



¿De qué va?:


     Las cuentas de Selfridges no son las que solían ser debido a algunos errores en la gestión de los almacenes por parte del propietario. Cuando él y su equipo buscan soluciones, se cruzan en la vida de Harry Selfridge las Dolly Sisters, quienes despiertan en el magnate un magnético y peligroso interés.
 

¿Qué opino yo? (Con destripes de temporadas anteriores):

    Empecé a ver esta temporada cuando se estrenó, a principios de 2016, pero después de seis episodios quise hacer un breve descanso para recuperar las ganas de ver el resto, ya que me estaba resultando soporífera.

    Ese "breve" descanso se ha prolongado durante meses, y bien podríamos haber entrado en 2017 sin que yo terminase la serie, pero he querido hacer un esfuerzo y finiquitar los cuatro capítulos que me quedaban.

    No sé cómo esta producción ha podido degenerar de la manera en que lo ha hecho. Las dos primeras temporadas tenían un nivel altísimo en todos los aspectos. La tercera decayó mucho y la última me ha parecido infumable.

    Los guionistas tenían un final establecido, puesto que la historia de Harry Selfridge es la que es, pero da la impresión de que no sabían muy bien cómo llegar hasta él. El guion hace aguas por todas partes y sus responsables parecen tan perdidos como el propio Harry. La trayectoria amorosa de este a lo largo de las distintas temporadas no justifica plenamente sus acciones en esta, puesto que si bien es cierto que Harry siempre había sido un mujeriego, también lo es que era, ante todo, un hombre de negocios. Había demostrado ser un emprendedor y empresario más que capaz, inteligente y con visión de futuro. Todo eso se esfuma de repente y queda un hombre manipulable por dos escandalosas, ordinarias e insoportables féminas, las Dolly Sisters.

    Es cierto que el verdadero Mr. Selfridge derrochó su dinero con ellas, pero el modo en que se llega a ese punto en la ficción no me parece creíble, sobre todo porque se observa en alguna ocasión que incluso para el protagonista las hermanas son un incordio.

    Pasaré por alto el rubio platino con el que se representa a las Dolly Sisters, que siempre fueron morenas. No sé si los encargados de la caracterización decidieron basarse en la película que se hizo sobre ellas en 1945, donde también aparecían con el cabello de ese color, en lugar de en la vida real. Del mismo modo, no me pondré tiquismiquis con la edad de Harry, que tenía unos sesenta y siete años cuando las conoció, y la caracterización inexacta de Jeremy Piven.



              Las auténticas Dolly Sisters                                                                                            Las Dolly Sisters de la ficción

    Pensé que, a lo mejor, cuando las Dolly Sisters se quitasen de en medio, la calidad anterior volvería de nuevo, pero eso no llega a ser así; sólo se hace más llevadero.

    El problema no es únicamente que las tramas del protagonista me hayan resultado pesadísimas, sino que las del elenco de secundarios, también. Hay personajes muy deslavazados de otros, cada uno va por su lado, y algunos son demasiado insulsos y de
relleno como para desperar interés, como Meryl, la hija mayor de Mr. Grove, y el chico que se encarga de los escaparates, del que no recuerdo ni el nombre.

    Mis personajes favoritos en temporadas anteriores, como Miss Mardle y Kitty, toman ahora decisiones que, para mí, son incomprensibles e indignantes. Esto es especialmente flagrante en el caso de la primera, teniendo en cuenta todo lo que ha vivido desde los inicios y el trato que ha recibido de otros. Sin embargo, en el caso de las dos, me lo veía venir; es muy previsible. Últimamente salen demasiadas series y películas en las que las mujeres parecen obligadas a aguantar y perdonar.

   De la mano de las hermanas antes mencionadas viene un tal Jimmy Dillon, que está tan perdido como Harry y los guionistas. El hombre está ahí sólo para poner zancadillas allá por donde pasa y para darle un poco de vidilla a las aventuras y desventuras amorosas de lady Mae, quien, dicho sea de  paso, habría sido mejor que no volviera, porque su personaje ha perdido toda la chispa que tenía. No es más que una sombra de lo que fue, siempre necesitada de un hombre alrededor, y su nuevo rol chirría. Está completamente desubicada y desdibujada. Creo, incluso, que Katherine Kelly es la actriz a la que le sientan peor los nuevos peinados, moda y maquillaje (esto es una percepción muy particular mía).

    A colación de esto último, tengo que decir que todo parece deslucido. No sé si ha sido a propósito el intento de remarcar esta decadencia para hacer aún más visible el ocaso de Mr. Selfridge. En todo caso, no lo veo como un acierto. Es como si la producción tuviese menos presupuesto. El vestuario, la estética, los ambientes y todo en general estaban antes cuidados hasta el más mínimo detalle. Las dos primeras temporadas eran un placer visual. Eso se ha perdido en parte. Los escaparates, que tanto aumentaban el esplendor y la belleza característicos de los primeros episodios, no tienen apenas importancia ya.

    Da la impresión que los propios guionistas se han dado cuenta de esto, ya que en el último episodio nos incluyen unas emotivas escenas de antaño y dos de los personajes que mejor se ven son Henri Leclair y Agnes Towler, responsables antiguamente de las hermosas decoraciones de la tienda.

    Se echa de mucho a ambos, pero fue un acierto que se fueran a tiempo, porque ni ellos podrían salvar esta temporada.


    Por supuesto, la responsabilidad de este empeoramiento no recae en los actores, que siguen metiéndose en la piel de sus personajes tan entregadamente como siempre. Pese a que no me gusta el camino que toma Harry, Jeremy Piven imprime a su personaje la ambigüedad que necesita para reflejar el final de su trayectoria, un hombre que se divide entre sucumbir al placer y respetar su negocio. A su lado, los que más destacan en esta ocasión son, para mí, Ron Cook como el siempre fiel Mr. Crabb; Callum Callagham como George Towler, por la integridad y responsabilidad de este; Amanda Abbington como  Miss Mardle, porque aunque no me gusten las decisiones de su personaje, la actriz la interpreta fantásticamente; y Greg Austin como un Gordon Selfridge que no lo tiene nada fácil.


Puntuación: 1'5 (sobre 5)
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